
28th Oct 2024
Había una vez un niño llamado Pablo. A Pablo le encantaba construir cosas. Usaba bloques, cajas y palos. Construía todo lo que podía imaginar. Su sueño era crear una casa para sus amigos.
Un día, Pablo decidió que era el momento de hacer su sueño realidad. Se sentó y pensó en cómo sería la casa. Quería que fuera grande, alegre y llena de sorpresas. Sus ojos brillaban de emoción.
Pablo reunió a todos sus amigos. Les dijo: "¡Vamos a construir una casa juntos!" Todos estaban felices y listos para ayudar. Trajeron cajas, tablones y herramientas. Era un gran equipo.
Empezaron a construir la casa en el jardín. Colocaron las cajas en forma de paredes. Usaron palos fuertes para el techo. Pablo dirigía a sus amigos: "¡Pongan la caja aquí, y el palo allá!"
La casa creció poco a poco. Tenía ventanas hechas de cartón. Las ventanas eran como ojos sonrientes. La puerta era de una caja grande. Todos estaban emocionados por su nueva casa.
Cuando terminaron, miraron su obra. La casa era colorida y divertida. Pablo gritó: "¡Hurra! Ahora podemos jugar aquí!" Sus amigos aplaudieron y se abrazaron. Todos estaban felices.
Entraron a la casa y jugaron sin parar. Se imaginaban que eran aventureros. La casa era un barco, un castillo y un espacio. Tenían mil juegos en su mente.
Un día, apareció un perro juguetón. Se llamaba Lucas. Lucas quería ser parte de la diversión. Pablo y sus amigos decidieron que Lucas tenía que entrar a la casa.
Lucas se volvió parte del grupo. Él les trajo más juegos. Jugaron al escondite y a las estatuas. Cada día en la casa era una nueva aventura. Todos estaban muy contentos.
Al final, Pablo sonrió mientras miraba a sus amigos. Había construido no solo una casa, sino un lugar lleno de risas y amistad. Era el pequeño constructor más feliz del mundo.