2nd Dec 2025
En lo más profundo de la Selva de Sonrisas, vivían muchos animales curiosos y traviesos. Un día, el león Leo, que era el rey de la selva, despertó con un enorme “¡Grrr… ¡buenos días!”. Junto a él, la cebra Zuri trotaba alegremente mientras cantaba “clip, clap, clip, clap” y movía su colita con ritmo. “Hoy será un día especial,” dijo Leo entusiasmado. “¡Vamos a buscar el Gran Árbol de la Risa!” Los demás animales se emocionaron; el mono Miki comenzó a saltar de rama en rama gritando: “¡Uu-uu! ¡Aa-aa!” El elefante Eloy levantó su trompa y sopló: “¡Fuuuush! Yo puedo guiarlos.”
Mientras caminaban por la selva, escucharon un “crack-crack” entre los arbustos. Zuri, un poco asustada, preguntó: “¿Quién anda ahí?” De repente, apareció la tigresa Tana, con sus rayas brillando bajo el sol. “¡Quiero ir con ustedes!” dijo Tana emocionada. “Yo conozco todos los caminos secretos.” Así que siguieron avanzando hasta llegar a un claro donde el sol brillaba como oro. En el centro estaba el Gran Árbol de la Risa, enorme y lleno de hojas que parecían cosquillas. “¡Lo encontramos!” gritaron todos. Miki fue el primero en tocar el tronco y... ¡JA JA JA JA! El árbol empezó a temblar y a soltar hojas que caían como plumas. Pronto todos estaban riendo: Leo con su “GRRR-JAJA”, Eloy con su “BUUU-JAJA”, Zuri con su “CLIP-CLAP-JIJI”, y Tana con su “RRR-JAJA”. Ese día, los animales salvajes aprendieron que la risa es más fuerte que cualquier rugido.
Desde entonces, cada mañana, los animales visitan el Gran Árbol para recordar algo muy importante: “Quien comparte alegría, hace brillar la selva.”