22nd Nov 2025
Renata miró la rampa. Era alta, lisa y brillante como una montaña de cristal. —¡Qué ganas de subir! —pensó, con los ojos redonditos y brillantes de emoción. Su mamá, al verla, sintió una punzadita en la panza. La rampa se veía demasiado empinada. —¿Y si se cae? —se preguntó. —Espérame, Renata —dijo su mamá, dando un paso hacia ella con ganas de protegerla, pero se contuvo. Renata ya estaba trepando.
Apenas puso un pie... ¡Zas! Resbaló como si llevara zapatillas de jabón y se raspó las rodillas. —¡Ay! —dijo entre queja y risa. —¡Mami, ayúdame! —gritó Renata desde el suelo, frotándose las rodillas enrojecidas. Su mamá se agachó a su lado, le dio un beso en la frente y le dijo con una sonrisa suave: —Inténtalo otra vez, Renata. Yo sé que tú puedes. Renata se levantó. Se sacudió la tierra de las manos, se quitó los zapatos y luego las medias. —Así mis piesitos se agarran mejor —dijo, decidida. Subió una vez, resbaló. Subió otra vez... ¡Pum! Al suelo de nuevo. Su corazón se llenó de rabia. —¡No puedo! —gritó con voz temblorosa. Su mamá se acercó despacito, se sentó a su lado y le dijo: —Claro que puedes, Renatita. Solo necesitas intentarlo una vez más. Renata dudó, respiró hondo y volvió a intentarlo.
Esta vez, sus pies descalzos se aferraron a la rampa. —¡Sí puedo! —susurró. Subió como una arañita habilidosa y gritó desde la cima: —¡YO SÍ PUEDO! Su mamá aplaudió desde abajo. Renata bajó deslizándose, riendo como un pájaro feliz. Desde ese día, "¡Yo sí puedo!" se convirtió en su frase mágica. Cada vez que algo parecía difícil, lo decía con voz firme y clara, mientras daba saltitos de emoción. —¡Yo sí puedo! —¡YO SÍ PUEDO!
Ella saltaba y casi siempre... ¡lo lograba!