10th Jan 2025
Sinforoso era un niño mal educado. A menudo se metía con todos y siempre decía: “¡No me importa lo que piensen de mí!” Un día, mientras molestaba a sus compañeros en el parque, un anciano le dijo: “¿Sabes, niño? La amabilidad es un poder más fuerte que cualquier insulto.” Sinforoso se rió, pero esa noche, no pudo dejar de pensar en las palabras del anciano.
Al día siguiente, Sinforoso decidió que iba a intentarlo. En el parque, vio a una niña afligida porque había perdido su muñeca. Se acercó y le dijo: “No llores, yo te ayudaré a buscarla.” La niña sonrió con gratitud. Mientras buscaban, Sinforoso sintió algo nuevo en su corazón: la alegría de ayudar a alguien, y prometió ser un mejor niño. Desde entonces, se convirtió en el amigo de todos.
Con el tiempo, Sinforoso descubrió que ser amable no solo hacía felices a los demás, sino que también le daba un sentido de pertenencia y felicidad que nunca antes había experimentado. Durante el recreo, organizó juegos en los que todos podían participar y nadie se quedaba fuera. Sus compañeros empezaron a buscar su compañía porque sabían que con él todo era más divertido y justo.
Un día, Sinforoso se encontró de nuevo con el anciano en el parque. Esta vez, en lugar de pasarlo por alto, se acercó y le agradeció por sus sabias palabras. El anciano sonrió y le dijo: “Ves, joven amigo, la bondad no solo cambia a los demás, sino también a uno mismo.” Sinforoso asintió, comprendiendo que había encontrado un tesoro más valioso que cualquier juguete: el aprecio verdadero de quienes lo rodeaban.
Al final, Sinforoso se convirtió en un ejemplo en su comunidad. Con su cambio, demostró que cualquiera puede aprender a ser mejor, sin importar lo difícil que parezca al principio. Y así, el niño que una vez perturbó la paz de todos, ahora era recordado como el corazón amable que unió a muchos, dejando una huella de cariño y amistad por dondequiera que iba.