22nd Apr 2025
Había una vez una niña llamada Ana. Ella siempre decía: "¡Quiero ser profesora!" Ana pasaba horas jugando con sus muñecas y enseñándoles a leer. "¡Mira, muñeca María!" decía Ana. "Hoy aprenderemos a contar hasta diez." La habitación de Ana era un lugar mágico, lleno de libros de colores y dibujos en las paredes, que mostraban su amor por aprender.
Un día, su mamá le preguntó, "¿Por qué quieres ser profesora, Ana?" Ella sonrió y respondió: "Porque quiero ayudar a otros a aprender cosas nuevas. Quiero que todos sientan la alegría de aprender como yo tengo!" Ana tomó una caja de cartón y la convirtió en un escritorio. Desde ese día, Ana empezó a enseñar a sus amigos en el parque, con risas y juegos, llenando sus corazones de conocimiento y felicidad.
Un día, Ana llegó al parque y encontró a sus amigos esperándola con curiosidad. "Ana, ¿qué vamos a aprender hoy?", preguntó Carlos, siempre emocionado por las lecciones. "Hoy vamos a descubrir los secretos de las plantas", dijo Ana, mientras repartía lupas para que todos pudieran observar de cerca las hojas y flores. Sus amigos se inclinaban sobre cada planta, maravillados por los pequeños detalles que antes no habían notado.
A medida que pasaban los días, más niños se unían al grupo de aprendizajes de Ana. Los padres, al ver el entusiasmo de sus hijos, comenzaron a llevar materiales para que la pequeña maestra pudiera enseñar mejor. Ana estaba encantada y agradecida. "Gracias por ayudarme a hacer mis sueños realidad", decía con una sonrisa que irradiaba felicidad.
Finalmente, Ana se dio cuenta de que no solo estaba compartiendo conocimiento, sino también aprendiendo de sus amigos. Cada día era una nueva aventura, llena de descubrimientos y risas. "Ser profesora es lo mejor del mundo", pensaba Ana, mientras corría a casa con sus libros y su caja, lista para planear otra lección. Así, la pequeña Ana vivió feliz, sabiendo que sus sueños eran las semillas del futuro.